La Defensa by Vladimir Nabokov

La Defensa by Vladimir Nabokov

Author:Vladimir Nabokov
Language: es
Format: mobi
Tags: nonfiction
Published: 2011-08-20T22:00:00+00:00


9

La acera se deslizaba, se elevaba en ángulo recto y volvía a retroceder. Günther se irguió, respirando con fuerza, mientras el camarada que le sostenía también se tambaleaba sin dejar de repetir:

—Günther, Günther, trata de caminar.

Günther se irguió casi por completo, y después de un breve descanso, que no había sido el primero, ambos continuaron su recorrido por la calle, desierta a aquellas horas de la noche, que ascendía suavemente hacia las estrellas para después volver a descender. Günther era una tipo corpulento y fornido y habla bebido más que Kurt, su compañero; por lo tanto, éste le sostenía lo mejor que podía, a pesar de que la cerveza le producía un estruendo en el cerebro.

—¿Dónde están?, ¿dónde están? —se esforzaba Günther en preguntar—. ¿Dónde están los otros?

Un momento antes, todos habían estado sentados en torno a una mesa de roble, treinta muchachos más o menos, felices, inteligentes, treinta jóvenes muy trabajadores que celebraban el quinto aniversario del fin de sus estudios con unas cuantas canciones y el sonoro tintineo de los brindis, treinta jóvenes que tan pronto como empezaron a dispersarse para regresar a sus hogares se encontraron víctimas de la náusea, la oscuridad y la terrible inseguridad de las calles.

—Los otros están allí —dijo Kurt con un amplio gesto, que volvió desagradablemente a la vida a la pared más próxima; se inclinó hacia adelante y luego con alguna dificultad volvió a enderezarse—. Se han ido, se han ido —declaró con tristeza.

—Pero Karl está enfrente de nosotros —dijo Günther despacio, y un viento con tufo a cerveza les obligó a hacerse a un lado; se detuvieron, luego dieron un paso hacia atrás, y, al fin, volvieron a proseguir su camino—. Te digo que Karl está allí —repitió malhumorado Günther. Y era cierto que un hombre estaba sentado sobre el borde de la acera, con la cabeza baja. Cuando lograron acercarse a él, el hombre hizo un chasquido con los labios y volvió el rostro hacia ellos. Sí era Karl, ¡pero había que ver qué Karl!, la cara sin expresión, la mirada vidriosa.

—Sólo estoy descansando —dijo con voz inexpresiva—; dentro de un momento continuaré mi camino.

De pronto, un taxi con la bandera levantada se les acercó lentamente por el asfalto desierto.

—¡Deténlo! —dijo Karl—, quiero que me lleve. —El coche se detuvo.

Günther se desplomó varias veces sobre Karl al intentar ayudarlo a levantarse, y Kurt comenzó a tirar de un pie con polainas grises. Desde su asiento el chófer alentaba todo esto con muy buen humor; al final también él bajó y comenzó a ayudarlos. Introdujeron por la fuerza aquel cuerpo que forcejeaba torpemente, y el coche se puso en marcha.

—Ya casi hemos llegado —observó Kurt. El cuerpo que estaba junto a él suspiró y Kurt, al mirarlo, vio que era Karl, lo que significaba que el taxi se había llevado a Günther y no a él—. Te echaré una mano —dijo culpablemente—. Vamonos.

Karl miró hacia adelante con ojos vacíos e infantiles. Kurt se apoyó en él y ambos echaron a andar y cruzaron hacia el otro lado del asfalto.



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